Casi siempre que Dios está a punto de realizar grandes cosas en la vida de sus hijos, usualmente los inserta en un tiempo preparatorio de desierto —en santa soledad— a solas con Él.
Durante este santo desierto, Dios convoca a retiro a sus amados hijos para:
1. hablar profundamente de Su amor en sus corazones
2. revelar Su corazón con ellos
3. permitirles conocer la verdad sobre sí mismos
4. seducirlos, así, con lazos amorosos de amor unitivo.
Nuestros santos padres y madres del desierto, e innumerables hombres y mujeres a lo largo de los siglos desde entonces, han experimentado este altísimo llamado a la aridez del cortejo divino, al yermo de los esponsales divinos, al desierto de los desposorios divinos...
«Por eso yo voy a seducirla;
la llevaré al desierto
y hablaré a su corazón» (Oseas 2,16).
San Pablo «el primer ermitaño», el gran san Antonio, «padre del monaquismo», y el muy desconocido san Alejandro Acemeta, «el padre de las perpetuas horas canónicas», son tres grandes santos que entraron magnánimamente en este desierto de los desposorios divinos.
Ellos serán nuestros guías y santos auxilios ahora que nosotros también —como ellos y con ellos (especialmente en sus días de fiesta)— entremos de lleno en cada día de esta octava desértica de amor profundo y retiro recogido, en amorosa respuesta a la iniciativa de Dios para nuestros corazones.
Y así, durante este tiempo de amoroso y santo retiro en el desierto con el Amado, nos comprometeremos a hacer los siguientes ejercicios espirituales monásticos:
1. Misa diaria y confesión semanal
2. Una hora mínima de oración personal (preferiblemente con el Señor Eucarístico expuesto)
3. El rezo diario de Laudes, Vísperas y Completas del Oficio Divino (con el examen de conciencia nocturno en Completas)
4. Llevar un régimen alimenticio de tres comidas diarias únicamente, sin ningún bocadillo ni comer nada entre comidas, y procurando que la comida del mediodía sea la más sustanciosa y las otras dos las más ligeras
5. Abstinencia diaria de postres, dulces y golosinas, de cualquier otra bebida que no sea agua y de añadir cualquier cosa a los alimentos preparados (excepto los domingos y fiestas de la Iglesia)
6. Ayunar a pan y agua los viernes y desayunar una colación los miércoles y sábados
7. Abstenerse de todo entretenimiento mundano innecesario (limitándose sólo a lo que se tenga que hacer por trabajo, estudio o apostolado) y, en cambio, mirar, escuchar o leer los materiales santos que se proporcionan diariamente
8. Abstenerse, en la medida de lo posible, de toda interacción no espiritual con amigos, familiares y asuntos laborales, exceptuando por supuesto las cosas realmente necesarias. Y en lugar de esto, fomentar una santa fraternidad con los compañeros de retiro.
Hoy, en la festividad de san Pablo «el Primer Ermitaño», comenzamos nuestro retiro en el desierto:
1. Encomendándole nuestro caminar con esta breve entrada martirológica:
«Memoria de san Pablo, eremita, uno de los primeros en abrazar la vida monástica en el gran movimiento anacoreta de la Tebaida (hoy Egipto) con el que los padres del desierto dieron inicio orgánico a la vida consagrada de la Iglesia. Debido al maravilloso encuentro narrado por san Jerónimo y la gran estima con la que san Antonio lo reverenció en su morada dada por Dios en lo profundo del desierto, al final de sus días, a los 113 años, se le reconoce y honra como «el primer ermitaño» (s. IV).
2. Leyendo durante nuestro tiempo personal de oración la mitad de su vida parva, escrita por San Jerónimo
Vida de san Pablo.pdf (el texto íntegro comienza en la página 555 del texto aquí escaneado)
3. Y concluyendo nuestro día en silencio, después de Completas, con una breve lectio divina de Oseas 2,16-17 y yéndonos a dormir con esa Palabra en la mente y en el corazón.
Hoy, mientras seguimos caminando con San Pablo «el Primer Ermitaño», realizaremos lo siguiente:
1. Completar la lectura de la segunda mitad de su corta vida escrita por San Jerónimo
2. Hacer una lectio divina más larga con Oseas 2:16-22 durante nuestro tiempo personal de oración con Jesús Hostia
«Por eso yo voy a seducirla;
la llevaré al desierto
y hablaré a su corazón.
Allí le daré sus viñas,
el valle de Akor lo haré puerta de esperanza;
y ella responderá allí como en los días de su juventud,
como el día en que subía del país de Egipto.
Y sucederá aquel día —oráculo de Yahveh— que ella me llamará: “Marido mío”, y no me llamará más: “Baal mío”.
Yo quitaré de su boca los nombres de los Baales, y no se mentarán más por su nombre.
Haré en su favor un pacto el día aquel con la bestia del campo, con el ave del cielo, con el reptil del suelo; arco, espada y guerra los quebraré lejos de esta tierra, y haré que ellos reposen en seguro.
Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho en amor y en compasión,
te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahveh.»
3. Responder ampliamente las preguntas de discernimiento de hoy publicadas aquí. (Solo yo puedo leer lo que compartas, así que no te preocupes.)
Hoy volvamos la mirada a Aquél que nos precedió en el desierto y que también nos ha convocado a entrar allí. En Él veremos más claramente: la revelación del Corazón del Padre en cómo nos ve, la obra del Espíritu al llevarnos al yermo y el ejemplo amoroso de lo que debemos hacer en el desierto según el testimonio de Jesús.
Con eso en mente y corazón, comprometámonos entonces a hacer lo siguiente:
1. Rezar la Coronilla de la Divina Misericordia con los brazos extendidos en forma de cruz, preferiblemente a la hora de la misericordia, agradeciendo al Corazón del Padre su insondable misericordia hacia nosotros al convocarnos al yermo de los desposorios divinos y rogándole por aquellos alejados de Él y que se niegan a ser conducidos a la esterilidad del cortejo divino
2. Hacer una lectio divina profunda y pausada con Marcos 1,9-13 durante nuestro tiempo personal de oración con Jesús Hostia
«Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán.
En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él.
Y se oyó una voz que venía de los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.”
A continuación, el Espíritu le empuja al desierto,
y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían.»
3. Responder ampliamente las preguntas de discernimiento de hoy publicadas aquí.
Hoy, nuevamente, volveremos nuestros ojos a Aquel que nos precedió en el desierto y, en él, venció definitivamente la tentación… y al tentador que estaba detrás de ella.
Con eso en mente y de corazón, comprometámonos entonces a hacer lo siguiente:
1. Hacer una lectio divina profunda y pausada con Mateo 4,1-11 durante nuestro tiempo personal de oración con Jesús Hostia
«Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.”
Mas él respondió: “Está escrito:
‘No sólo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’.”
Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: “Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito:
‘A sus ángeles te encomendará’,
y
‘en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’.”
Jesús le dijo: “También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’.”
Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: “Todo esto te daré si postrándote me adoras.” Dícele entonces Jesús: “Apártate, Satanás, porque está escrito:
‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto’.”
Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.»
2. Responder ampliamente las preguntas de discernimiento de hoy publicadas aquí.
Hoy, a mitad de nuestro retiro en el desierto, como Jesús en su desierto, prestaremos especial atención a nuestra naturaleza humana, ya que es allí, en ella, donde tendrá lugar el desierto de los desposorios divinos.
A diferencia de Jesús —que siempre tuvo una humanidad incorrupta, perfectamente unida, o «desposada», a su naturaleza divina—, nosotros tenemos una naturaleza caída, corrupta, que anhela unirse y «desposarse» con la divinidad para la que Dios nos creó en el principio y la que Jesús alcanzó en la redención. Jesús tomó sobre sí nuestra humanidad para darnos Su divinidad: para «desposarnos» según el plan original que Abba tenía para nosotros desde Adán y Eva.
Con eso en la mente y el corazón, iluminados por el Espíritu Santo —Quien nos condujo a este desierto de los desposorios divinos—, comprometámonos entonces a hacer lo siguiente:
1. Teniendo en mente y en el corazón la lectio divina de ayer (Mateo 4,1-11), hoy meditaremos extensamente, no tanto sobre la tentación y el tentador sino sobre nuestra naturaleza caída y corrupta, que aunque quebrantada, no puede encontrar descanso y plenitud sino en la perfecta unión y «posesión» de Dios.
a) Como primer punto de meditación, por favor contempla nuestra naturaleza caída con su triple concupiscencia: la concupiscencia de la carne (que anhela el placer), la concupiscencia de los ojos (que anhela el confort y lo muelle de la vida), y el orgullo de vida (que anhela la propia autonomía y la propia autoridad).
b) Como segundo punto de meditación por favor reflexiona sobre el remedio que Jesús nos dio para esta triple concupiscencia (en la forma en que Él vivió su humanidad inmaculada perfectamente «desposada» con su divinidad): Él vivió en perfecta castidad para vencer la concupiscencia de la carne, Él vivió en verdadera pobreza para vencer la concupiscencia de los ojos, y Él vivió en perfecta obediencia —hasta la muerte— para vencer la réproba soberbia de la vida. (Puedes ver esto fácilmente en la forma en que Él venció las tres tentaciones en la santa perícopa)
c) Como tercer punto de meditación, por favor detente largamente en la máxima iniciativa del cortejo divino que fomenta, propicia y lleva a cumplimiento los divinos desposorios entre el alma y Dios —es decir, la unión transformante o el desposorio místico— en perfecta santidad: aquí en la Tierra para «poseer» a Dios, por así decirlo, por toda la eternidad en el Cielo.
2. Luego, con todas estas cosas santas en mente, tal vez usando la hermosa cita de las confesiones de San Agustín para encender las cosas, escribe en tu diario espiritual un coloquio personal con Dios, expresando tu respuesta a todas las cosas en las que reflexionaste. Si lo deseas, puedes compartir tu coloquio conmigo enviándolo a esta dirección.
«Nos has hecho para Ti, oh Señor, y nuestro corazón estará inquieto hasta que halle descanso en Ti.» San Agustín.
3. Quizás también quieras escuchar y orar en canto durante el día con estos himnos agustinos multilingües sobre el tema.
Hoy, en la festividad de san Alejandro Acemeta, continuamos nuestro retiro en el desierto:
1. Encomendándole nuestra santa estancia y perseverancia en el desierto con esta breve entrada martirológica:
«Memoria de San Alejandro, abad, apellidado “Acemeta”, “el que no duerme”, quien después de abandonar la carrera militar se retiró a la vida eremítica en Siria, hasta que, al cabo de siete años, impulsado interiormente por celo evangélico, salió y quemó un templo pagano, por lo cual, puesto en prisión, milagrosamente alcanzó la conversión del rey. De regreso al desierto, al topar con una banda de ladrones, los convirtió también y fundó con estos últimos su primer monasterio y forma de vida de “laus perennis”. Después de varias fundaciones monásticas “móviles” y no pocas dificultades, finalmente descansó santamente en el Señor en el monasterio estable de Gomon fundado por él a las orillas del Bósforo de Constantinopla.» (c. 430).
2. Rogándole que nos ayude a mantener santa y sagrada la ermita interior de nuestra alma —el corazón (cf, Mt 15,19-20a)—, salvaguardada en pureza por nuestro templo exterior —nuestro cuerpo (cf. 1 Cor 6,19)—, e iluminada siempre en santa vigilancia —insomne (cf. Mt 26,41)— por la baliza de nuestra razón, de acuerdo a lo que la Sagrada Escritura nos enseña:
«Porque del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias. Eso es lo que contamina al hombre.» Mateo 15,19-20a.
«¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?» I Corintios 6,19.
«Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil.» Mateo 26,41.
3. Para terminar nuestra meditación, utilizaremos el «Himno de alabanza» litúrgico para su fiesta (adjunto a continuación).
Por favor lee lentamente el himno tres veces, dejando que toque tu corazón y mente, y anotando en tu diario espiritual lo que sucede dentro de ti —en tu corazón y mente— mientras lo lees.
Luego, si quieres, puedes compartir tus anotaciones conmigo aquí.
«El Venerable Alejandro, santo de Dios,
estableció el templo de «los que no duermen» –santo monasterio–
para que en él, el Señor sea glorificado, himnodiado y magnificado;
Respecto a este santo monasterio, la historia todavía se relata.
Pero hermanos, nuestro corazón la comunidad del cielo es,
es necesario en vuestro corazón glorificar al Dios Vivo,
en el corazón, que la oración sin dormir sea recitada,
como una flama, que el amor inextinguible permanezca,
Con la Gracia, que el Espíritu Santo nuestros corazones caliente,
que Cristo, Sus palabras en todo nuestro corazón siembre,
que los Ángeles en ese templo vigilen día y noche,
que lejos de nosotros, que lejos de ellos, a los furiosos escondan.
Que la Santísima Virgen derrame con mirra en ese templo,
junto con Ella, que los apóstoles y todos los santos estén,
y todos los elegidos de Dios; mártires gloriosos,
y todas las vírgenes por Cristo y todos los ermitaños.
En los corazones, que la liturgia así se celebre
y sin dormir magnifique la sabiduría de Dios.»
Hoy, al entrar en los últimos «días de recta final» de nuestro retiro en el desierto —después de haber encontrado la amorosa llamada al desierto de los desposorios divinos, la alta dignidad de nuestra adopción filial en el bautismo, la naturaleza de la tentación, la triple concupiscencia de nuestra naturaleza humana caída con sus remedios y el carácter sagrado de nuestro corazón, cuerpo y razón— volveremos nuestros ojos hacia otro aspecto de la batalla espiritual: los tres enemigos del alma. Ellos son: la carne, el mundo y el diablo.
Ya vimos un poco de estos enemigos en la sagrada perícopa de las tres tentaciones de Jesús (así como en esas mismas tentaciones pudimos identificar la triple concupiscencia de nuestra naturaleza humana). También vimos en esa sagrada perícopa cómo Satanás es el peor y más fuerte de estos tres enemigos —quien de hecho tiene cierto poder o dominio sobre los otros dos y puede manipularlos, como «agentes» suyos sobre nosotros.
Entonces, hoy profundizaremos un poco más sobre la naturaleza de cada enemigo del alma, así como sobre la sobreabundante gracia y misericordia de Dios: tanto cuando permitimos que la gracia y la misericordia nos ayuden a enfrentar y conquistar a estos enemigos; como cuando, después de correr de la mano de ellos cayendo en el pecado, permitimos que la gracia y la misericordia nos restauren y nos rediman.
Para ello, nos comprometeremos a hacer lo siguiente:
1. Por favor, haz una lectio divina pausada y alerta con Efesios 2,1-7 mientras reconoces con gratitud en la lectura tu yo actual renovado en el desierto de los desposorios divinos:
«Y vosotros estabais muertos por vuestros delitos y pecados, en los cuales vivisteis inmersos en otro tiempo siguiendo el espíritu de este mundo, de acuerdo con el príncipe del poder del aire, el espíritu que actúa ahora en los hijos de la rebeldía. Entre éstos también todos nosotros vivimos en otro tiempo en la concupiscencia de nuestra carne, siguiendo los deseos de la carne y de los malos pensamientos, puesto que éramos por naturaleza hijos de la ira como los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos dio vida en Cristo —por gracia habéis sido salvados—, y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos por Cristo Jesús, a fin de manifestar a los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia, por su bondad con nosotros por medio de Cristo Jesús.»
2. Responde ampliamente a las preguntas de discernimiento de hoy publicadas aquí.
Hoy, en la festividad del gran san Antonio del Desierto, gozosamente concluimos nuestro retiro en el desierto haciendo lo siguiente:
1. Encomendándole los frutos de nuestro tiempo en el desierto con esta breve entrada martirológica:
«Memoria de san Antonio, abad, que, habiendo perdido a sus padres, distribuyó todos sus bienes entre los pobres siguiendo la indicación evangélica y se retiró a la soledad de la Tebaida, en Egipto, donde llevó una vida ascética. Trabajó para reforzar la acción de la Iglesia, sostuvo a los confesores de la fe durante la persecución del emperador Diocleciano y apoyó a san Atanasio contra los arrianos, y reunió a tantos discípulos que mereció ser considerado padre de los monjes» (356).
2. Pidiéndole que nos ayude a perseverar hasta la muerte (en todas las enseñanzas aprendidas y en todo crecimiento espiritual adquirido durante este desierto de desposorios divinos) con la secuencia litúrgica «Pia Voce Prædicemus» para su fiesta:
1a. Prediquemos con voz piadosa
y celebremos devotos
los elogios de Antonio.
1b. Exaltemos el santo de Dios
y en sus santos honremos
el Autor de todos los Santos.
2a. Aquí despreció la flor mundana,
su riqueza y honor
en obediencia del evangelio.
2b. Y huyó al desierto
para no caer en la incertidumbre
en la carrera de esta vida.
3a. Su vida fue maravillosa,
el ermitaño brilló
pero pronto el enemigo se volvió astuto.
3b. Soporta guerras, a menudo es sacudido
una pelea seria, pero no es vencido
por el insulto del diablo.
4a. Es Es azotado con frecuentes golpes
y ferozmente desgarrado
por los salvajes demonios;
4b. Una luz brilló desde el cielo
y clara se escuchó
la voz de Dios desde las nubes:
5a. “Porque luchaste valientemente
en el campo.
todos te nombraran;
5b. A ti clamará el orbe entero
y serás invocado para ahuyentar
la enfermedad del fuego.”
6a. Eso, Antonio, ya vemos cumplido
está repleto
el mundo de tu nombre;
6b. Esto te implora la gente devota,
y te ofrece piadosas oraciones
para tu defensa.
7a. Ahora en forma de mujer hermosa,
Ahora en forma
de masa preciosa (oro).
7b. El diablo conspiró contra él;
pero aquél que es tan audaz y atrevido,
sucumbe en la batalla.
8a. Mil fraudes, mil trucos
están inanes, ante él solo
el orco gigante cedió.
8b. Ante este soldado veterano
y su mano fuerte
el enemigo se estremeció.
9a. Sin armadura corporal
este atleta resistió
el asedio de tal enemigo.
9b. El agua era su bebida, la tierra su lecho,
protegido por estas armas
salió él victorioso.
10 a. La hierba era su alimento,
las hojas de palma su vestido
y las bestias del desierto su compañía.
10b. Con oración constante,
frecuente trabajo
y parco sueño contuvo la lujuria.
11a. Él refutó a los arrianos
y a los filósofos profanos;
visita a Pablo, y ni inane ni vano fue el camino.
11b. Porque lo encontró con vida
y vio su santa alma a los cielos ascender;
y su carne volvió a la tierra.
12a. Oh Antonio, con los bienaventurados
ahora en el reino de la luz
estás glorificado; a los que aquí agobiados
por el peso de la carne
extiende tus entrañas de piedad;
12b. Para que no nos prenda la terrible gehena,
extiende tu mano,
protégenos del mórbido fuego
y báñanos de gloria
después del funeral. Amén.»
3. Meditando nuestra última lectio divina de este retiro en el desierto, dedicando un tiempo más largo a Marcos 4,2-9 y respondiendo aquí sus preguntas de discernimiento:
«Les explicaba con parábolas muchas cosas, y les decía en su enseñanza:
“Escuchad: salió el sembrador a sembrar. Y ocurrió que, al echar la semilla, parte cayó junto al camino, y vinieron los pájaros y se la comieron. Parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotó pronto, por no ser hondo el suelo; pero cuando salió el sol se agostó, y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron, y no dio fruto. Y otra cayó en tierra buena, y comenzó a dar fruto: crecía y se desarrollaba; y producía el treinta por uno, el sesenta por uno y el ciento por uno.”
Y decía:
“El que tenga oídos para oír, que oiga”.»